• A
  • Quinquela Martín Benito

    Biografía

    (Buenos Aires, 1º de marzo de 1890- ibídem, 28 de enero de 1977) Benito Quinquela Martín, cuyo nombre de nacimiento fue Benito Juan Martín, fue un pintor argentino.
    Hijo de una madre desconocida que lo abandonó en la Casa de Niños Expósitos, siete años después fue adoptado por la familia Chinchella, dueños de una carbonería.Quinquela Martín es considerado el pintor de puertos y es uno de los pintores más populares del país.​ Sus pinturas portuarias muestran la actividad, vigor y rudeza de la vida diaria en la portuaria La Boca.
    Le tocó trabajar de niño cargando bolsas de carbón y dichas experiencias influenciaron la visión artística de sus obras.​Exhibió sus obras en varias exposiciones realizadas en el país y en el extranjero, logró vender varias de sus creaciones y otras tantas las donó.
    Con el beneficio económico obtenido por estas ventas realizó varias obras solidarias en su barrio, entre ellas una escuela-museo conocida como Escuela Pedro de Mendoza.No tuvo una educación formal en artes sino que fue autodidacta, lo que ocasionó que la crítica no fuera siempre positiva.
    Usó como principal instrumento de trabajo la espátula en lugar del tradicional pincel.La fecha exacta de nacimiento no ha sido determinada con certeza ya que fue abandonado el 20 de marzo de 1890 en el orfanato La Casa de los Expósitos, con una nota que decía -Este niño ha sido bautizado con el nombre de Benito Juan Martín-.
    Por su forma física, se dedujo que habría nacido 20 días antes, por lo que se fijó el 1° de marzo como su cumpleaños.​ Hay otras versiones que afirman que esta nota nunca existió y que fueron las autoridades del orfanato quienes tomaron cartas en el asunto.[cita requerida] Lo que si es cierto es que la madre biológica nunca se presentó para reclamarlo, dejó en el bebé como recuerdo un pañuelo cortado en diagonal, adornado con una flor bordada.
    Podría haberse quedado con la otra mitad para intentar encontrarlo en alguna oportunidad, cosa que nunca sucedió y nunca se encontró la otra mitad.Sus primeros siete años los vivió en un asilo de San Isidro, el artista tenía escasos recuerdos de esa época y aparecía en su memoria como desdibujada y nebulosa.
    Vivió entre los delantales grises y hábitos negros de las Hermanas de Caridad, careciendo de figuras paternas en una edad crítica para la formación psíquica.
    Fue una infancia triste y solitaria donde prevaleció el encierro.
    Sin embargo, su carácter no se vio alterado por estos hechos, siempre fue alegre y compasivo y sus actitudes eran agradables.
    A pesar de todo el asilo era amplio y limpio, la comida nunca faltaba.Con seis años de edad, el 18 de noviembre de 1896, fue adoptado por Manuel Chinchella y Justina Molina.​ Benito adquirió el apellido de su padre adoptivo Chinchella que posteriormente sería fonetizado al castellano como Quinquela.
    Mi vieja me conquistó en seguida -dicta Quinquela en su autobiografía recogida por Andrés Muñoz y publicada en 1963- y desde el primer momento encontró en mí un hijo y un aliado.
    Manuel, oriundo de Nervi, Italia, era un hombre robusto, de gran fuerza muscular, que había llegado a Argentina para mejorar su situación económica.
    Vivió un tiempo en Olavarría, por lo cual se le apodó El gaucho de Olavarría y luego se trasladó a La Boca donde trabajaba descargando carbón en el puerto.Una tarde de trabajo se cruzó con Juana, quien sería su esposa, proveniente de Entre Ríos, de quien se enamoró a primera vista.
    Justina Molina tenía sangre india, venía de Gualeguaychú y era analfabeta, lo cual no le impedía atender la carbonería en el barrio porteño de la Boca con perfecta eficiencia: se acordaba mejor que nadie del estado de cuentas de cada cliente.
    Previamente había trabajado como sirvienta y en una fonda de la calle Pedro de Mendoza (donde hoy se encuentra el Museo Escuela Pedro de Mendoza donado por el pintor).
    Ese trabajo lo dejó porque a Manuel no le convencía la idea de que se ganara la vida sirviendo, e instalaron juntos una carbonería en la calle Irala al 1500.
    Manuel Chinchella aprovechaba su fuerza física para redondear los ingresos de la carbonería con trabajos en el puerto, donde cargaba de a dos las bolsas de 60 kg.
    Justina no podía quedar embarazada pese a que ambos deseaban un hijo.
    Tomaron la decisión de adoptar uno y fueron a la Casa Cuna en busca de un varón crecidito que pudiera colaborar en la carbonería.
    Benito en ese momento tenía entre seis y ocho años, no se sabe exactamente la edad.
    El trato de su madre fue tierno sin escatimar en los abrazos mientras que el trato del padre con el niño era un poco distante, de ruda ternura, pero cada tanto una caricia cuando el padre llegaba del puerto le tiznaba la cara al -purrete- (niño).​ Mientras el padre trabajaba, la madre y el niño atendían la carbonería y hacían los quehaceres domésticos.Había empezado a dibujar inspirado en las escenas y colores que observó en el puerto, usaba técnicas intuitivas dado que ignoraba los más elementales conocimientos de dibujo, eran rudimentarios, torpes utilizando carbón y lienzos de madera como elemento de trabajo que posteriormente eliminaba para evitar las bromas de sus compañeros.
    ​A los 14 años entró a la Sociedad Unión de La Boca, un centro cultural vecinal donde se reunían estudiantes y obreros para conversar.​ En esa academia se enseñaba casi de todo, desde música y canto, economía hogareña y otros cursos prácticos, mientras de día trabajaba en la carbonería familiar.
    Con 17 años entró al Conservatorio Pezzini-Stiatessi, parte de la Sociedad Unión de La Boca, donde estudió hasta 1920.​ En esa academia conoció a Juan de Dios Filiberto y otros colegas con quienes se relacionaría durante toda su vida.
    Su maestro fue Alfredo Lazzari, pintor que le dio sus primeros conocimientos técnicos sobre el arte.
    Como práctica le daba yesos donde reproducía dibujos en claroscuro y realizaron excursiones a la Isla Maciel los domingos por la tarde para entrenarse con el dibujo de las escena al natural.
    Continuó hasta los veintiún años con el curso.Como este ambiente era muy distinto al que estaba acostumbrado, lleno de carbón y alejado de los libros intentó incorporar todo el conocimiento de golpe, después del trabajo iba a alguna biblioteca para intentar cubrir la carencia de educación formal.
    De toda la literatura que leyó la que más le impactó fue El arte del escultor francés Auguste Rodin, fue la que le despertó su vocación.
    En ese texto Rodin dice que el arte debe ser sencillo y natural para el artista, la obra que requiere esfuerzo no es personal ni valedera, conviene más pintar el propio ambiente que -quemarse las pestañas persiguiendo motivos ajenos-[cita requerida], de esas enseñanzas Quinquela extrajo: -Pinta tu aldea y pintaras el mundo.
    Nunca se apartó de este dicho, su aldea sería el barrio de La Boca, sus vecinos y el puerto.Durante esta época comenzó a frecuentar las tertulias que se realizaban en la peluquería de Nuncio Nucíforo en Olavarría al 500, donde se conversaba de política, de cultura, de técnicas pictóricas y otros temas, se compartían lecturas y preocupaciones.
    ​En 1909 se enfermó de tuberculosis, en esa época la enfermedad causaba muertes.
    Sus padres lo mandaron a la casa de su tío, en Villa Dolores, Córdoba, para que se curara con el aire serrano.
    Fueron seis meses de reposo en los cuales se curó de la enfermedad y se conoció al pintor Walter de Navazio, exponente de la pintura romántica que dibujaba los sauces y algarrobos que adornaban el paisaje y con quien pintó al aire libre.​ Pero este ambiente le hizo reforzar su idea de retratar solamente su propio mundo, el paisaje cordobés no lo inspiraba tanto como el puerto.15​De regreso a su hogar, ya con la idea firme de continuar con su obra, montó un taller en los altos de la carbonería, donde recibió la visita de Montero, Stagnaro y la de Juan de Dios Filiberto quien además modeló.
    Más tarde se convirtieron en inquilinos del lugar.
    Esta situación, los óleos sobre el lugar, el constante paso de gente y las discusiones hasta altas horas de la madrugada, sorprendió a los Chinchella.
    Benito usó huesos humanos para estudiar su anatomía y se difundió el rumor que en el taller habitaban los fantasmas de los dueños de los esqueletos, se exageraba tanto que un día un amigo llevó todos los restos óseos al cementerio.[cita requerida] Todo esto no contaba con la simpatía de Don Manuel porque descuidaba su trabajo en el puerto.
    Un día a raíz de las fuertes discusiones y a pesar de que su madre lo apoyaba, Benito abandonó el hogar familiar, aunque siguió trabajando en el puerto para mantenerse y le dedicó más horas a la pintura debiendo alimentarse sólo de mate y galletas marineras.
    ​Su vida fue a partir de entonces muy parecida al vagabundeo: durante un tiempo vivió en la Isla Maciel donde se relacionó con ladrones y malandra, lo cual no le incomodó.
    Llegó a conocer una escuela de punguismo con base en esa zona y le ofrecieron ser parte de ella pero no le interesó la idea.
    Pintó muchas telas con imágenes del lugar y aprendió mucho de los punguistas que -además del robo disimulado- tenían una serie de códigos de honor y hermandad que le interesó.
    Todos estos saberes abrieron su mente e hicieron más rica su pintura.
    Montó sus talleres en distintos lugares, desde altillos hasta barcos (tuvo uno en el Hércules, un navío anclado en el cementerio de embarcaciones de Vuelta de Rocha) sin embargo no duraría mucho con estas mudanzas, los ruegos de su madre para que regresara porque no vivía tranquila, más el consejo que le dio: Si no te gusta el carbón, búscate un empleo del gobierno lo hicieron retornar al hogar y conseguir un empleo como ordenanza en la Oficina de Muestras y Encomiendas de la Aduana en la Dársena Sur.
    Su nuevo empleo consistía en limpiar ventanas y cebar mate lo que le dejaba tiempo libre para pintar.
    Trabajó allí hasta que le solicitaron tareas de mensajero y traslado de caudales.
    Presentó su renuncia indeclinable, temeroso de lo que podía pasar si le robaban una encomienda, para entonces sabía mucho de punguismo.​A los pocos meses, en el año 1910, se presentó en una exposición, una muestra de todos los alumnos del taller de Alfredo Lazzari en la Sociedad Ligur de Socorro Mutuo de La Boca con motivo del veinticinco aniversario de esta sociedad.
    Participaron Santiago Stagnaro, Arturo Maresca, Vicente Vento y Leónidas Magnolo todos ellos principiantes y aficionados.
    Era el debut de Quinquela quien expuso cinco obras: el óleo Vista de Venecia, dos dibujos realizados a pluma Vista de Venecia y dos paisajes confeccionados con témpera.
    Estas obras, ahora perdidas (excepto por los dibujos en pluma), eran algo torpes pues no había adquirido la habilidad suficiente en sus manos​Benito deseaba crecer como pintor y sabía que debía mejorar su técnica para lograrlo.
    El maestro Pompeyo Boggio le enseñó técnicas de dibujo natural.
    Junto con Quinquela estudiaron Adolfo Bellocq, Guillermo Facio Hebequer, José Arato y Abraham Vigo, todos ellos se inspiraban en los problemas sociales del país según afirma el crítico Jorge López Anaya.
    Formaron el denominado Grupo de los Cinco o Artistas del Pueblo y, entre otras actividades, escribieron artículos en el diario La Montaña de Leopoldo Lugones.​ Ante los rechazos que sufrieron Quinquela y sus compañeros para participar en el Salón Nacional, la principal galería que tenía la ciudad, crearon el Primer Salón de los Recusados, dedicados a los artistas no admitidos en el Salón Nacional.21​ Fue creado en la avenida Corrientes 655 en un local cedido por la Cooperativa Artística.
    Allí Benito expuso Quinta en la Isla Maciel y Rincón del Arroyo Maciel, obtuvo críticas divididas: positiva del diario La Nación y de Crítica y negativa considerada un desacato por parte de los jóvenes pintores por el diario La Prensa, el semanario Fray Mocho y José Gabriel de la revista Nosotros.
    Lo significante es que la prensa, mal o bien, se había empezado a fijar en sus trabajos.Se anotó como profesor de Dibujo en la escuela Fray Justo Santa María de Oro, dependiente del Consejo General de Educación, donde los obreros adultos concurrían a completar sus estudios secundarios, en el horario vespertino.
    Quinquela les enseñaba los secretos del dibujo ornamental con el fin de aplicar el arte a la industria.
    La idea concebida junto al maestro Santiago Stagnaro era acercar el arte a la clase obrera.En el año 1919, después de mucho tiempo de enviar sus obras al Salón Nacional de las Artes, el jurado aceptó una de ellas.
    Había enviado dos obras: Día de sol en La Boca y Buque en reparaciones pero solamente fue admitida una.
    Este dictamen enojó tanto a Benito como a Filiberto.
    Este último propuso presentarse en la exposición armados con cuchillos, robar las telas de ambas pinturas y llevarlas al Salón de los Recusados.
    Benito aceptó el plan pensando en la publicidad que traería pero al presentarse en el Salón para cometer el hecho se encontraron con las dos obras expuestas.
    Eduardo Taladrid les había ganado de mano y había convencido a sus influencias de presentar ambos cuadros.
    Esa fue la entrada de Quinquela al Salón Nacional de las Artes que continuó con los cuadros Rincón del Riachuelo en 1919 y Escena del trabajo, premiado en 1920.
    Después de este éxito, Taladrid empezó a organizarle una segunda exposición individual, contando con la ayuda de un artículo del diario La Nación de Julio Navarro Monzó con el cual se presentó en la Sociedad de Beneficiencia de la capital presidida por la señora Inés Dorrego de Unzué.
    Con estas referencias, la nota y la recomendación de Taladrid, la señora de Unzué se encargó especialmente de conseguir un lugar para la segunda muestra individual de Quinquela.
    Ese lugar fue el salón del Jockey Club, lugar de reunión de la clase alta porteña.El día de la exposición se entremezclaron con el público banqueros, terratenientes, industriales y otros miembros de la alta sociedad con carboneros, navegantes y vagos del puerto amigos de Quinquela.
    Los cuadros se presentaron en marcos de alta calidad, costeados por Taladrid acompañados por una orquesta con piano y violín que interpretaba obras de Schubert, Schumann, Beethoven y Filiberto.
    A pesar del lujo, Quinquela nunca se olvidó de sus amistades y de su barrio.Expuso sus trabajos en la galería Charpentier de París, la muestra se inauguró en noviembre de 1925 y contó con la presencia de 24.700 visitantes.
    Camille Mauclair, reconocido crítico de arte, redactó el catálogo.
    Una de sus obras Tormenta en el astillero pasó a ser parte de la colección del Museo de Luxemburgo y se exhibió en el Museo Jeu de Paume.
    A excepción de Crepúsculo el resto de las pinturas permaneció en Francia.Antes de regresar a su país natal, la cancillería francesa dio una cena en su homenaje, donde concurrieron los personajes más selectos de la aristocracia local.
    Consistió en un banquete que costó 60 francos por cubierto, costo que Quinquela no podían pagar, por lo que organizó un segundo banquete a un costo de 6 francos por cubierto, al cual asistieron todos los futuristas que el pintor no quiso dejar de lado pese a considerarlos algo raros.De vuelta en su país y en su casa se reunió con el presidente Alvear quien le preguntó todos los detalles del viaje y quien en sus ratos libres, visitaba su estudio sin reparo de sentarse en el suelo o mancharse con pintura.
    Además siguió recibiendo la visita de todos los colegas y artistas varios conoció a lo largo de su vida.
    Al ver tanta gente reunida en las celebraciones de bienvenida, surgía un espacio para la creación, la discusión y la libertad de pensamiento.
    En junio de 1925 nació el proyecto Peña del Café Tortoni donde se realizaron las actividades de la Sociedad de Artes y Letras en la cual Quinquela fue parte de la comisión directiva.
    Se realizaron conciertos, conferencias, exposiciones y recitales además de auspiciar todas las expresiones de arte popular.
    Se leyó poesía, se estudió el tango en presencia de reconocidos artistas locales y de la región incluyendo a Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Carlos Marchal y Juan de Dios Filiberto entre otros.Le faltaba visitar Estados Unidos para completar la gira, lo hizo en 1927 viajando en el vapor American Legion.
    A su llegada conquistó el amor de una mujer sin saber ni una palabra de inglés, ayudado por traductores y el lenguaje de la pintura.
    Se trataba de Georgette Blandi una escultora viuda apasionada del arte y poseedora de un gran poder adquisitivo.
    Además fue su madrina artística durante la gira, se ocupó de todo lo necesario para su exposición en Nueva York que se realizó en la Anderson Galleries en marzo de 1928 con treinta óleos.
    La temática fue la clásica, el paisaje portuario esta vez acompañado por escenas de fundición y carga de hornos con visiones impresionistas del fuego.
    El público no se presentó enseguida pero lo fue haciendo a medida que aparecieron las críticas favorables de la prensa local.
    En total fueron vendidas cinco obras: Día de sol y Día gris en La Boca que pasaron a ser parte de la colección del Metropolitan Museum y Sol de mañana comprada por H.O, Havemayer, coleccionista privado.
    Este último cuadro carecía de la firma del pintor por una omisión de su parte, lo firmó delante del comprador, quien pagó por ello mil dólares adicionales.Además el magnate de apellido Farrel, dedicado a la industria metalúrgica le encargó decorar con murales todos sus establecimientos metalúrgicos, un trabajo que demandó tiempo pero la oferta de medio millón de pesos argentinos era satisfactoria.
    Sin embargo Quinquela se consideraba el pintor de La Boca y del puerto, este motivo lo llevó a rechazar la oferta valiéndose del argumento de que La Argentina necesita de artistas, y en consecuencia, considero que mi trabajo pertenece a mi país.
    Por lo demás, en Estados Unidos hay muchos pintores muy buenos, que tienen más derecho que yo a decorar sus fábricas.
    La visita terminó al igual que las anteriores con un banquete en su homenaje.
    Esta vez el evento incluyó la visita del conde de Rivero, director del Diario de la Marina quien lo invitó a exponer sus obras en los salones que el periódico poseía en La Habana.
    Quinquela aceptó porque esta exposición no demandaría tiempo ni búsqueda de salón, ya estaba todo incluido.
    Fueron expuestas veintiséis obras vendiéndose dos: Contraluz que las compró el conde y Niebla en el puerto que adquirió el doctor Felipe Camacho.Antes de retornar se despidió en Nueva York de sus nuevos conocidos y de Georgette, quien ya había atrapado su corazón a tal punto que en su testamento le dejó una suma de cien mil dólares, que por cuestiones burocráticas de Estados Unidos nunca pudo cobrar.
    Además siempre la recordó como una mujer y artista de grandes cualidades.
    A su regreso lo estaba esperando el presidente Alvear con otro agasajo realizado en la Sociedad Verdi de La Boca al que asistieron funcionarios y personalidades de la cultura.
    Hubo música, desfiles callejeros y la presencia de los bomberos voluntarios de La Boca para garantizar la seguridad.
    Esa noche Quinquela tuvo la certeza de que obró correctamente cuando rechazó la oferta del señor Farrel.
    Además su amigo el presidente de la República compró la obra Puente de La Boca para obsequiárselo al príncipe de Gales.Terminó la celebración y Quinquela empezó los preparativos para exponer en Italia e Inglaterra además de dos pinturas que se colocaron en el Teatro Regina.
    Una vez preparadas sus pinturas, se embarcó en el vapor Conte Verde rumbo a Italia, visitando Roma, Milán y Nápoles.
    En la capital italiana lo esperó el embajador Fernando Pérez quien se encargó de los preparativos de la muestra que se llevó a cabo en el Palazzo delle Esposizioni ubicado sobre la vía Milano.
    El rey Vittorio Emanuelle III y el presidente Benito Mussolini visitaron la exposición.
    Este último compró el cuadro Momento violeta para el Museo de Arte Moderno de Italia.
    Además otros cuadros Sol de mañana y Actividad en La Boca pasaron a ser parte de coleccionistas italianos.
    Su presencia en Roma motivó el interés de Pio XI, el Papa de ese entonces, que lo llevó a conocer la colección de arte de la Ciudad del Vaticano y lo entrevistó en audiencia privada.Volvió a su hogar e inmediatamente preparó el viaje a Inglaterra, para la que consistiría en su última muestra internacional.
    Corría el año de 1930.
    Esta vez el barco sería el Arlanza, otro vapor.
    Llegó a Londres y buscó una galería que pudiera albergar su muestra.
    No sabía el idioma local, tuvo que acudir a un amigo que consiguió, el español Pedro Morales radicado en la capital inglesa desde 1910.
    El lugar fue la galería Burlinghton y tuvo buena aceptación.
    En este lugar un periodista del Daily Express entrevistó a Quinquela y le preguntó por qué no dibujaba mujeres.
    Su respuesta fue que aún no había conocido a la mujer ideal.
    Otro periodista publicó un artículo donde sostenía que la mujer ideal era inglesa y le sugería aprovechar su estadía para buscarla.
    A partir de la publicación de esta nota le empezaron a llegar cartas de candidatas para sus cuadros y Benito accedió a elegir una por diplomacia.
    La elegida fue Miss Gladis con quien tuvo un romance, además posó para un cuadro que tuvo buena aceptación entre el público y le formuló una propuesta de casamiento de nunca se llevó a cabo.Los resultados de la muestra fueron siete cuadros vendidos, uno al Museo de Arte de Londres, otro al Birmingham, otro al Scheffield, otro al Swansea, otro a la Tate Gallery y tres al Museo de Nueva Zelanda.
    De este último Museo la compra la hizo su director James B.
    Manson que lo comparó con Van Gogh por el impresionismo de su obra.
    El príncipe de Gales cedió la obra de su propiedad, donada por el presidente Alvear, para la exposición.
    Este fue el último de los largos viajes del pintor aunque tenía invitaciones de Alemania, Estados Unidos y Japón las cuales desechó porque Justina, su madre -muy anciana ya en ese momento-, sufría durante sus ausencias.No se separó de su madre hasta que ésta falleció en 1948, pero tampoco abandonó sus primeras amistades, la Peña del Tortoni por él inaugurada, ya era un clásico en la vida porteña.
    El dueño del Tortoni Pedro Curuchet celebró su regreso ya que le sumaba fama a su café.
    Tampoco dejó su trabajo: empezaban los viajes por el interior del país.El 19 de julio en el Museo Rosa Galisteo de Rodríguez ubicado en Santa Fe realizó la primera muestra en el interior argentino.
    Sus obras fueron compradas casi en su totalidad por la Facultad de Ingeniería de Santa Fe y por la de Rosario.En 1943 viajó a Tucumán invitado por el gobierno provincial, se presentó con veinte cuadros al óleo y por primera vez en su carrera con grabados.
    Venía experimentando con esta técnica desde 1940 bajo la influencia de Joseph Pennell que había conocido en los Estados Unidos.
    Lo ayudó Salvador Boruzzo con la prensa y luego Quinquela retocaba con lápiz y diferente barnices.
    La exposición la realizó en el Museo de Bellas Artes de la capital tucumana presentando veinticinco grabados.
    Estos aguafuertes fueron una solución a las dificultades económicas que debió superar durante su vida.En 1944 realizó una segunda exposición en la galería Witcomb.
    Contó con setenta y cuatro cuadros, entre óleos, aguafuertes y dibujos.
    Después de 27 años de su primera exposición en 1918 siguiendo su lema de que el tiempo embellece las cosas por eso se debía esperar para exponer en un mismo lugar.
    El resultado fueron ventas por cien mil pesos contra los cinco mil que había recaudado en su primera experiencia.Las siguientes exposiciones fueron Mar del Plata, Mendoza y Rosario en donde junto a Victorica organizaron una muestra en homenaje a Alfredo Lazzari en el Museo Municipal Juan B.
    Castagnino supervisado por Horacio Callet-Bois el mayor promotor de arte de la provincia de Santa Fe.
    Fueron expuestos treinta y siete óleos, diez dibujos y veinticinco aguafuertes que ocuparon toda la planta baja del edificio.
    Con entrada gratis para que todo el mundo pudiera acceder a ella.En 1953 nuevamente la galería Witcomb hospedó su última muestra individual y una de las de mayores concurrencia en la historia del arte de Argentina, cerca de diez mil personas por día la visitaron formando largas colas por la calle Florida.
    Fueron sesenta obras que se expusieron divididas en cuatro grupos por armonía de color, un grupo por tonalidades grises, otro con tonalidades de día de sol, un tercero con imágenes de cielos y días nublados y el cuarto con imágenes nocturnas del puerto.Otras exposiciones menores fueron en Bahía Blanca, 34 óleos, 6 dibujos grandes y 14 grabados, el día de la inauguración del Museo de Bellas Artes de la ciudad.
    En Córdoba en 1955, en Tres Arroyos y Coronel Dorrego en 1956 y en Tandil, en septiembre de 1958.El 12 de octubre de 1959 en el Salón Dorado de la Municipalidad de La Plata se realizó la última exposición individual donde presentó cuarenta y cinco obras, entre óleos, dibujos y esmaltes sobre hierro.
    James Bolivar Manzo, director del Museo de Bellas Artes, tuvo a su cargo la dedicatoria del catálogo de presentación.
    Esta fue la última exposición individual, continuó con sus obras solidarias y culturales.Fue Presidente Honorario, el primero, del Museo de Bellas Artes General Urquiza que albergó obras de distintos pintores argentinos incluyendo Hora Azul en la Boca una de las diez clasificadas dentro de los nocturnos.En 1972, ya anciano, y sin haber concurrido nunca a la Universidad, solamente tenía aprobados los dos primeros del primario fue nombrado Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires


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